Ensayo
y humanismo
Liliana Weinberg
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Doctora en Letras Hispánicas
por el Colegio de México. |
Si bien el término
“humanista” sólo aparece mencionado en una ocasión en los Ensayos de
Montaigne (I, LVI), como bien afirma Thierry Gontier –quien a su vez retoma
ideas de Francisco Rico–,el empleo de este término es signo de un proyecto muy
ambicioso: la reforma integral de los saberes a partir de su refundación sobre
la vida humana y de la afirmación de un decir humano. Como buen
renacentista, Montaigne procura definir un dominio autónomo y propio del hombre
y de sus acciones: es en este sentido que el humanista se opone al teólogo
(Desan, 2007: 553-554).
En rigor tocó a
Montaigne un momento particularmente problemático: el clima renacentista y
humanista entrará muy pronto en fuerte crisis en el caso francés, según lo
sostiene Philippe Desan, en un muy sugerente estudio que lleva el no menos
sugerente título de “El gusano y la manzana”, ya que muchos elementos
inspirados en el ideal clásico se verán pronto confrontados y corroídos por la
fuerte crisis de esos años: todo esto habrá de revestir a la propuesta de
Montaigne de una complejidad sin igual (Desan, 1999: 11-34). Como puede verse,
la cercanía entre las nociones de ensayo y de humanismo están mucho más
estrechamente ligadas de lo que podría a simple vista parecer: la conquista de
un dominio propio de lo humano se convierte en un núcleo duro y fundacional. A
continuación revisaremos con mayor detalle cada uno de estos términos.
Ensayo
Cuando abrimos un libro de
ensayos esperamos como lectores encontrar un texto en prosa que nos proponga la
interpretación de algún asunto desde la perspectiva personal de su autor.
Aspiramos a compartir una experiencia intelectual de comprensión del mundo.
Aspiramos a que esté espléndidamente escrito y pensado: le pedimos lucidez y
estilo, le pedimos que sus juicios nos convenzan así como también nos seduzcan,
le pedimos que nos deslumbre en su recorrido original por diversa clase de
asuntos y que nos contagie ese placer que da el entender, o, como dice Lukács,
que nos contagie el disfrute ante “la intelectualidad como vivencia
sentimental” (Lukács, 1985: 23). Ávidos como estamos de descubrir y dialogar
con “sentidores” y “entendedores” del mundo, nada nos complace más que
compartir este viaje intelectual como quien se hace a la mar con un buen barco
acertadamente capitaneado.
Se ha hablado del ensayo como
“literatura de ideas” o como “prosa no ficcional”: a través de su escritura un
autor presenta libremente y de manera original su interpretación sobre un tema
examinado y valorado. Existen innumerables definiciones del ensayo, pero en su
mayoría coinciden en enfatizar el factor individual y en reconocer que es
decisiva la perspectiva del sujeto de quien parte la interpretación. Coinciden
también en verlo como predominantemente expositivo-argumentativo antes que narrativo.
El ensayo representa a través de la escritura el proceso de pensar. Es, en
verdad, la manifestación de una auténtica poética del pensar. Jacques
Vassevière, estudioso de la obra de Montaigne, ha mostrado cómo desde el
principio el ensayo presenta dos rasgos fundamentales: la escritura del yo y el ejercicio del juicio, y caracteriza de este modo al
ensayo: “Hoy la palabra designa un género literario muy abierto, que pertenece
a la literatura de ideas. El ensayo es una obra en prosa en la cual el autor
presenta libremente su reflexión sobre un tema dado. Su enfoque argumentativo
es muy claro, pero su ambición es limitada: el ensayo no expone un pensamiento
acabado o estructurado en doctrina, no busca la exhaustividad y autoriza la
implicación personal del autor” (Vassevière, 1998: 6). Tomo también, en
homenaje a un gran escritor mexicano, otra definición de ensayo, ésta, de
Alfonso Reyes: “El ensayo: este centauro de los géneros, donde hay de todo y
cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al
orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en
marcha, al ‘Etcétera’…” (Reyes, 1955: 400-403).
Esta definición, que tanto me
gusta, traduce de manera muy gráfica el gran desafío del ensayo en nuestros
días: vincular mundos y experiencias, abrirse a la relación dinámica entre
esferas de experiencia y conocimiento. Coincido ampliamente con Efrén Giraldo,
quien en su tan propositivo libro Entre delirio y geometría (2013) nos recuerda que, si el
ensayista habla en primera persona, no lo hace para acentuar la verdad de sus
propias opiniones, sino para dar unidad a argumentos e ideas que, aunque
colectivas, coinciden en un momento de interpretación y lectura. El ensayo
profundiza sobre todo en la perspectiva, en la mirada, más que en la cosa
abordada. Celebro también mis
coincidencias con Felipe Restrepo David, autor de una muy valiosa edición de
los Ensayos
escogidos de
Montaigne (2010), para quien el ensayo es una nueva forma de nombrar el mundo,
consistente en el libre y meditado examen de sí y de toda la realidad,
histórica e imaginaria. El sujeto, en esta escritura, es el dato esencial [como
lo es] su punto de vista único y original.
Por mi parte, propongo partir de
la consideración del ensayo como una clase de textos en prosa, de carácter no
ficcional y predominantemente interpretativo, que representa un proceso
responsable de pensar y decir el mundo, sus temas y problemas, formulado desde
la perspectiva personal y particular de su autor. El ensayo es así la
representación de una forma singular de interpretación a la vez que la
interpretación de una representación: se manifiesta a través de él un modo de
mirar el mundo y es la performación de una experiencia intelectual; el ensayo
es también un viaje por nuestro espacio moral tanto como un ejercicio
permanente de comprensión y puesta en valor del mundo. Se trata de un género
profundamente humanista en cuanto se preocupa por lo humano y defiende un
espacio de encuentro libre y desinteresado para pensar el mundo, que hace de la
propia experiencia de diálogo una experiencia de búsqueda del conocimiento.

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