Ensayo y humanismo


   Liliana Weinberg

Doctora en Letras Hispánicas 
por el Colegio de México.
Resulta ésta una magnífica oportunidad para reflexionar sobre nociones tan profundamente interrelacionadas como ensayo, humanidad, humanismo y humanidades. En efecto, estos conceptos se hermanan como producto de ese big bang en el mundo de la cultura occidental que se dio a partir del Renacimiento y cuyos efectos aún hoy vivimos. Se trata de un movimiento renovador del pensamiento que comenzó en Italia –y en el cual tanta influencia tuvo a su vez el contacto con el mundo árabe, como lo muestra un delicioso libro, El bazar del Renacimiento: sobre la influencia de Oriente en el mundo occidental (2013), de Jerry Brotton, cuya lectura recomiendo– se expandió en distintas oleadas a otras zonas vecinas, y al que podemos sintetizar como el momento en que el eje vertebrador del conocimiento descendió del cielo a la tierra, de modo tal que de un orden cerrado y jerárquico que miraba al más allá de la divinidad se pasó a un orden abierto y coordinado que miraba al más acá de la humanidad.

Si bien el término “humanista” sólo aparece mencionado en una ocasión en los Ensayos de Montaigne (I, LVI), como bien afirma Thierry Gontier –quien a su vez retoma ideas de Francisco Rico–,el empleo de este término es signo de un proyecto muy ambicioso: la reforma integral de los saberes a partir de su refundación sobre la vida humana y de la afirmación de un decir humano. Como buen renacentista, Montaigne procura definir un dominio autónomo y propio del hombre y de sus acciones: es en este sentido que el humanista se opone al teólogo (Desan, 2007: 553-554).
En rigor tocó a Montaigne un momento particularmente problemático: el clima renacentista y humanista entrará muy pronto en fuerte crisis en el caso francés, según lo sostiene Philippe Desan, en un muy sugerente estudio que lleva el no menos sugerente título de “El gusano y la manzana”, ya que muchos elementos inspirados en el ideal clásico se verán pronto confrontados y corroídos por la fuerte crisis de esos años: todo esto habrá de revestir a la propuesta de Montaigne de una complejidad sin igual (Desan, 1999: 11-34). Como puede verse, la cercanía entre las nociones de ensayo y de humanismo están mucho más estrechamente ligadas de lo que podría a simple vista parecer: la conquista de un dominio propio de lo humano se convierte en un núcleo duro y fundacional. A continuación revisaremos con mayor detalle cada uno de estos términos.



Ensayo

Cuando abrimos un libro de ensayos esperamos como lectores encontrar un texto en prosa que nos proponga la interpretación de algún asunto desde la perspectiva personal de su autor. Aspiramos a compartir una experiencia intelectual de comprensión del mundo. Aspiramos a que esté espléndidamente escrito y pensado: le pedimos lucidez y estilo, le pedimos que sus juicios nos convenzan así como también nos seduzcan, le pedimos que nos deslumbre en su recorrido original por diversa clase de asuntos y que nos contagie ese placer que da el entender, o, como dice Lukács, que nos contagie el disfrute ante “la intelectualidad como vivencia sentimental” (Lukács, 1985: 23). Ávidos como estamos de descubrir y dialogar con “sentidores” y “entendedores” del mundo, nada nos complace más que compartir este viaje intelectual como quien se hace a la mar con un buen barco acertadamente capitaneado.

Se ha hablado del ensayo como “literatura de ideas” o como “prosa no ficcional”: a través de su escritura un autor presenta libremente y de manera original su interpretación sobre un tema examinado y valorado. Existen innumerables definiciones del ensayo, pero en su mayoría coinciden en enfatizar el factor individual y en reconocer que es decisiva la perspectiva del sujeto de quien parte la interpretación. Coinciden también en verlo como predominantemente expositivo-argumentativo antes que narrativo. El ensayo representa a través de la escritura el proceso de pensar. Es, en verdad, la manifestación de una auténtica poética del pensar. Jacques Vassevière, estudioso de la obra de Montaigne, ha mostrado cómo desde el principio el ensayo presenta dos rasgos fundamentales: la escritura del yo y el ejercicio del juicio, y caracteriza de este modo al ensayo: “Hoy la palabra designa un género literario muy abierto, que pertenece a la literatura de ideas. El ensayo es una obra en prosa en la cual el autor presenta libremente su reflexión sobre un tema dado. Su enfoque argumentativo es muy claro, pero su ambición es limitada: el ensayo no expone un pensamiento acabado o estructurado en doctrina, no busca la exhaustividad y autoriza la implicación personal del autor” (Vassevière, 1998: 6). Tomo también, en homenaje a un gran escritor mexicano, otra definición de ensayo, ésta, de Alfonso Reyes: “El ensayo: este centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede ya responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al ‘Etcétera’…” (Reyes, 1955: 400-403).

Esta definición, que tanto me gusta, traduce de manera muy gráfica el gran desafío del ensayo en nuestros días: vincular mundos y experiencias, abrirse a la relación dinámica entre esferas de experiencia y conocimiento. Coincido ampliamente con Efrén Giraldo, quien en su tan propositivo libro Entre delirio y geometría (2013) nos recuerda que, si el ensayista habla en primera persona, no lo hace para acentuar la verdad de sus propias opiniones, sino para dar unidad a argumentos e ideas que, aunque colectivas, coinciden en un momento de interpretación y lectura. El ensayo profundiza sobre todo en la perspectiva, en la mirada, más que en la cosa abordada.  Celebro también mis coincidencias con Felipe Restrepo David, autor de una muy valiosa edición de los Ensayos escogidos de Montaigne (2010), para quien el ensayo es una nueva forma de nombrar el mundo, consistente en el libre y meditado examen de sí y de toda la realidad, histórica e imaginaria. El sujeto, en esta escritura, es el dato esencial [como lo es] su punto de vista único y original.

Por mi parte, propongo partir de la consideración del ensayo como una clase de textos en prosa, de carácter no ficcional y predominantemente interpretativo, que representa un proceso responsable de pensar y decir el mundo, sus temas y problemas, formulado desde la perspectiva personal y particular de su autor. El ensayo es así la representación de una forma singular de interpretación a la vez que la interpretación de una representación: se manifiesta a través de él un modo de mirar el mundo y es la performación de una experiencia intelectual; el ensayo es también un viaje por nuestro espacio moral tanto como un ejercicio permanente de comprensión y puesta en valor del mundo. Se trata de un género profundamente humanista en cuanto se preocupa por lo humano y defiende un espacio de encuentro libre y desinteresado para pensar el mundo, que hace de la propia experiencia de diálogo una experiencia de búsqueda del conocimiento.







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