Humanidad y humanidades

Atendamos ahora a esta ilustre familia semántica que incluye términos como “humanidad” y “humanismo”. El término “humanidad” proviene del humanitas latino, al que Cicerón empleó para describir las cualidades del orador ideal, que en su opinión debía educarse y cultivarse mediante la frecuentación de las buena letras (bonae litterae), con el objeto de alcanzar las virtudes adecuadas para la vida y el servicio público: virtudes cívicas como la moderación, la educación o el autocontrol eran rasgos asociados a su vez con la cultura, el refinamiento, el placer que dan las letras y el conocimiento.

La amplia familia de términos asociados a esta idea incluye la noción misma de humanismo, fruto de la recuperación que en el siglo XIV hace Petrarca de la obra de Cicerón, y particularmente del pasaje de Pro Archia, discurso en defensa del poeta Arquías, donde leemos que dedicarse al estudio de las letras permite cultivar la virtud. Es a partir del redescubrimiento de las bondades del estudio de las letras y del cultivo de las virtudes como Petrarca y otros humanistas propondrán enriquecer Trivium Quadrivium con conocimientos de poesía, historia y filosofía moral. Esto pronto desembocará en una reforma de los modelos pedagógicos, tal como se podrán presenciar en las principales ciudades de Francia.


La idea de humanidades o estudios humanísticos (studia humanitatis), ligada etimológicamente al término humanitas, apunta en el renacimiento a la posibilidad del cultivo de los saberes y letras humanas por oposición a la palabra divina. Añadamos que hoy tal vez la oposición que nos acongoja es la que se da entre lo humano y lo inhumano. Se abre así otra noción transformadora: la posibilidad de construcción del conocimiento y cultivo del espíritu se apoya en una idea no menos audaz, que –retomando la genial observación que hizo Castoriadis para el mundo griego al comparar dos concepciones del Prometeo en el teatro ateniense (Castoriadis, 2001: 13-33)–, implica que el hombre se concibe entonces como capaz de educarse a sí mismo a través de la frecuentación de los saberes históricos y filológicos. En nuestros días, “humanidades” se convierte en un término amplio que designa al conjunto de disciplinas relacionadas con la cultura humana y cuya principal preocupación gira en torno de la formación del hombre, y retoma esta idea de autoconstrucción por el conocimiento.

Humanismo



En cuanto al “humanismo”, se trata en sentido estricto de un término que nos envía a esa etapa particular del pensamiento correspondiente al movimiento surgido en la Italia de fines del siglo XIV y que se extiende a otros países durante el XV y XVI. El término “umanista” fue empleado en la Italia renacentista para referirse a los maestros de las llamadas humanidades y distinguirlos de los entonces especialistas en alguna rama del conocimiento como el “jurista” o el “canonista”, esto es, se refiere a quienes se ocupaban del hombre no como profesionales sino de los hombres como pura y simplemente hombres, ocupándose de lo general humano, y añadían a los conocimientos tradicionales de gramática y retórica otros como historia, poesía, retórica, gramática y sobre todo filosofía moral. También se reconocerá como humanista a aquél que se dedica a la lectura y recuperación de los clásicos (recordemos por ejemplo la lectura de Cicerón por parte de Petrarca o Erasmo). Se dio un resurgimiento del conocimiento contra el escolasticismo medieval.
Ligado sobre todo a la filosofía moral, el humanismo reconoce la dignidad del hombre, descubre al ser humano como tal y piensa en nuevas dimensiones, como la vida cívica y pública. El humanismo afirma así la libertad intelectual y la expresión individual. Y es exactamente en este punto donde nos reencontramos con la obra de Montaigne, en cuyos ensayos, como dice Steven Kreis en Renaissance Humanism (2001), el punto de vista individual encuentra tal vez la formulación más persuasiva en los ámbitos de la literatura y la filosofía. Y si en su origen el ensayo está tan íntimamente ligado al humanismo en sentido estricto, lo está también a las humanidades en cuanto responsabilidad por la palabra y la letra, como lo está con el humanismo en sentido amplio cada vez que la humanidad se vuelve sobre sí misma para pensarse y recuperar la dignidad humana cuando los momentos de avance en el conocimiento no se ven correspondidos con un avance en la ética.

Es así como podemos preguntarnos qué puede aportar el ensayo a la formulación de un nuevo humanismo en nuestros días. En efecto, se suele asociar al humanismo como una perspectiva capaz de poner siempre de relieve el ideal humano (pensemos en las distintas propuestas “humanistas” que surgirán como respuesta al clima de conflagración mundial). Este humanismo en sentido amplio insistirá en la noción de persona en contraposición a la idea de individuo, destacando el carácter fundamentalmente social del ser humano y defendiendo la idea generosa de una sociedad abierta y del conocimiento como derecho de todos, respecto de la noción egoísta de una sociedad cerrada y del conocimiento como patrimonio de unos pocos. Defender el humanismo consiste en romper con todo “absolutismo”, con todo excesivo intelectualismo pero también, agreguemos, siguiendo a William James, con toda tentación antiintelectualista e irracionalista (una tentación que abunda en la escena contemporánea). Con el humanismo se defienden nuevas formas del conocimiento que aceptan un modo de saber de manera flexible e incluyente. Esta palabra es clave: la perspectiva es incluyente, el humanismo aspira a alcanzar visiones de conjunto abiertas, con una actitud incluyente, dialógica y comprensiva que se adapte a la plasticidad y variedad de lo real, y procure preservarla. No se niega la posibilidad de alcanzar la verdad, sino que se afirma el derecho a repensar los cuadros tradicionales desde los cuales ha sido presentada.

Ensayo y humanismo han estado siempre atentos a la recuperación de la dignidad de las lenguas y culturas maternas, a la curiosidad y esfuerzo de traducción y comprensión de otras voces y culturas, de modo tal que se hace necesario asumir aquello que Vicente Ramírez denomina con acertada expresión “una relación moral con el lenguaje”. En efecto, el tema de la verdad, el pensamiento moral, las normas jurídicas, entran en un momento de crisis, entre las exigencias de ampliación y comprensión de los otros y las tentaciones de cerrazón y fanatismo ante la diferencia. El ensayo nos narra también la épica de un individuo en el proceso de convertirse en persona: persona en el mundo, para sí y para los otros. Se trata de aquello que Ezequiel Martínez Estrada llamó “la historia universal de una persona”. Si individuo es lo indiviso e indivisible, a través del ensayo el individuo humano, yo, ego o persona, en su singularidad, comienza a pensarse a la luz de otra noción, la de persona, en cuanto personalidad humana que existe por derecho propio (me pertenezco) y más tarde se mostrará también como personalidad moral.

El primer modelo de un hombre como entidad que trasciende su existencia como parte del cosmos o de la ciudadestado es el caso de Sócrates. El mundo clásico explora las nociones de filia y amicitia. Como explican Auerbach y Ferrater Mora, con el cristianismo la idea de persona se enriquece al considerar la figura de Cristo como quien religa lo humano y lo divino, lo material y lo espiritual, y con San Agustín se pasa de la idea de exterioridad o máscara a la experiencia y la intuición de intimidad, lo que permitió hacer de esa relación consigo mismo no un vínculo abstracto sino consciente y real. El ser de la persona es un ser suyo, la persona existe por derecho propio, se pertenece. A diferencia de la noción neutral de ‘individuo’, el término ‘persona’ se aplicará a una entidad cuya unidad es definible positivamente a partir de elementos procedentes de sí misma. Como sintetiza también Ferrater Mora, el individuo está determinado en su ser; la persona es libre y aun consiste en ser tal. La persona es un fin en sí mismo, no puede ser sustituida por otra. El mundo moral es por ello un mundo de personas, una vez más, regulado por leyes morales. Con Montaigne se incorpora la idea agustiniana de persona, pero a la vez se abre la dimensión del sujeto cognoscente, esto es, de un sujeto para un objeto. Montaigne hace además un delicioso intento de autorretrato a través de las palabras, que implica ser él mismo sujeto y objeto de un proceso de autorreconocimiento en permanente cambio. En épocas críticas, cuando la guerra y la violencia sacuden nuestras pocas certezas, vuelven a surgir la preocupación por las humanidades y la cuestión del humanismo. Tomo sólo dos ejemplos eminentes de ello.

En el primer caso, evoco el prodigioso alegato de Pedro Henríquez Ureña en defensa de los estudios humanísticos: “La cultura de las humanidades”, donde evoca el modelo griego, defiende la herencia racionalista y abierta al conocimiento del mundo propia del Mediterráneo, y hace una defensa del afán de conocimiento, convencido de que “la educación –entendida en el amplio sentido humano que le atribuyó el griego– es la única salvadora de los pueblos” (Henríquez Ureña, 1914; 2013: 316-327). En el segundo caso, en la primera parte del siglo XX, asolado por dos guerras mundiales, Alfonso Reyes escribirá otro texto eminente, las “Notas sobre la inteligencia americana” (Reyes, 1936; 1960: 82-90). Citemos al respecto las palabras de Rafael Gutiérrez Girardot:

En ninguna época de la historia –escribió Scheler– ha resultado el hombre tan problemático a sí mismo como en la actual. El humanismo de Reyes tiene este sentido de resolver este problematismo que es también crisis de la cultura. La nueva especie de humanismo de Reyes difiere del renacentista en que en él tiene categoría de programa. Obedece, en efecto, a la temática del humanismo del Renacimiento en la preferencia del sentir y del obrar sobre el mero saber, en la insistencia en el internacionalismo, la universalidad, el cosmopolitismo, en el rechazo de la bárbara especialización y en la marcada preocupación por el hombre (Gutiérrez Girardot, 1953: 154).


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