La condición humana
Fruto del “primer” humanismo, el ensayo nos permite también hoy pensar el mundo con perspectiva humana y plantear un programa para el “nuevo” humanismo. Como sus contemporáneos Shakespeare y Cervantes, Montaigne estaba en un cruce de caminos de la mayor importancia. No sólo era afín a las ideas del renacimiento y el humanismo, sino que le tocó vivir un mundo en fuerte transformación y ya, como hemos dicho, en profunda crisis. Le tocó asistir a los enfrentamientos entre reyes y señores, entre católicos y protestantes; le tocó reaccionar ante escenas de muerte y violencia como la noche de San Bartolomé; le tocó presenciar los clamores populares por las hambrunas, las pestes y los excesos en los impuestos.
Y le tocó también ver el lado luminoso del mundo: la llegada de las primeras noticias de ultramar, el descubrimiento del nuevo mundo americano y la progresiva afluencia de novedades sobre sus habitantes y costumbres; la oleada de difusión de datos sobre el oriente, la costa africana y el mundo árabe; el redescubrimiento de la cultura clásica y la circulación de los primeros y notables ejercicios de traducción de fuentes antiguas; la revolucionaria invención de la imprenta y con ella la maravillosa multiplicación del libro; el ingreso triunfal de las lenguas naturales, amplio mundo marginado de los textos en los que hasta entonces era amo y señor el latín. Le tocó como viajero conocer otros lugares y costumbres de Europa, pero a la vez, en Rouen, le tocó por primera vez ver a dos indígenas que los europeos habían traído de América.
Y no sólo eso: fue uno de los primeros ricos hombres que pudo usar gafas y tener noticia de los hallazgos que estaba provocando la óptica y el uso de espejos y cristales en la posibilidad de dar una mirada más minuciosa a las cosas del mundo, así como también asomarse con mayor fidelidad al universo: pocos años después de la publicación de sus ensayos, Galileo hará la observación de las lunas de Júpiter y Kepler pondrá en duda la circularidad perfecta en el orden cosmológico al proponer que las órbitas planetarias son elípticas. Es el gran momento de la óptica: lentes para leer, que ampliaron los tiempos de lectura; astrolabio, telescopio, que mostraron que la realidad no es sólo lo que aparece a nuestros sentidos. Se genera un clima intelectual propicio para el arranque de la ciencia y el método científico. Es así como gracias a todos estos elementos se pasó, como dice Zizek, de la idea de abismo a la de horizonte.
La expansión de ultramar, el descubrimiento de América, nuevos sacudidores religiosos pero también cosmológicos llevaron finalmente a percibir que el mundo era mucho más grande, angustiosamente más grande de lo previsto: empieza a intuirse el carácter infinito del universo. Pero a la vez el mundo es más imperfecto que lo que permitían presagiar los primeros modelos geométricos. Y se vuelve al mismo tiempo más pequeño, tranquilizadoramente más pequeño, en cuanto el ser humano se siente en posibilidad de reconocerlo y estudiarlo. Comienza a consolidarse la idea de sujeto, y con ella se empieza a discernir cómo conocemos. A la vez que se va abriendo sitio la idea heliocéntrica, el mundo no será ya antropocéntrico, pero el conocimiento sí lo empezará a ser: el conocimiento se reorienta en torno del individuo, quien mira al mundo desde una nueva perspectiva. Se expanden las fronteras de lo “pensable” y lo “decible” (Angenot, 2010). Las grandes preocupaciones del Renacimiento y del Humanismo encuentran en el ensayo de Montaigne una caja de resonancia y un espacio de crítica y experimentación.
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